ABRIL BAILANDO
Abril era una chica estupenda. La conocí a mediados
del caluroso verano al igual que conocí a su fascinante cuerpo. La arena
quemaba pero no importaba al ver aquellos cuerpos femeninos sudar. Si hubiera
podido, habría contado gota a gota de sudor que se resbalaba por sus cuerpos.
Las espaldas se bronceaban y los pechos, a pesar de pequeños, brincaban como
una pelota de ping-pong. Excepto las de Abril. Ella era una chica tranquila,
únicamente se encontraba sentada en el tapete de playa, bajo la sombra de la sombrilla,
cubriéndose constantemente de bloqueador a pesar de que el sol no la tocaba. Y
estaba de acuerdo; ni Ra ni Helios ni Amateratsu o cualquier dios solar,
tendría que tocar aquel cuerpo blanco, casi pálido, pero ese era parte de su
atractivo. Su cabellera larga castaña cubrían los listones que sujetaban su
bikini y por ende, a sus considerables pechos, aunque por suerte, aún se
lograba mirar su cintura pequeña y muy bien definida; al imaginarme que ahí
pudiera estar un tatuaje, de mariposa tal vez, provocaba mis pequeñas
excitaciones.
Tuve suerte de encontrarla en la cafetería del Hotel
antes de ir a mi habitación. Su formidable trasero era perfecto para sus
carnosas y anchas piernas. No dudaba que hiciera ejercicio, pero al ver sus
rasgos un poco débiles, creería que nunca hubiera corrido en el parque ni en un
gimnasio. Me acerqué a ella y la saludé, Abril me contestó con una sonrisa tan
perfecta de mueca a mueca. Mientras nos sentábamos con nuestros respectivos
cafés, me imaginé una noche fría pero con una luna menguante brillante, como si
esta al igual me saludara con su luz plateada. Al parecer Abril me conocía muy
bien, había escuchado de mí por parte de sus amigas. Ella no se limitó de
hablar, mi papel en esa noche fue mayormente de oyente. Nunca pensé que hablara
bastante, sin embargo, no me aburrió en lo absoluto. Hacía muecas, ademanes, y
sonreía cada vez que hacía eso. Lo más encantador de ella era cuando acomodaba
sus lentes que se le resbalan por su respingada y pequeña nariz. Cuando me
hablaba no podía dejar de mirar sus ojos; aquellos lentes de armazón negro al
parecer hacían resaltar sus ojos cafés claros, y sabía porque motivo: No le
gustaba que miraran sus apenas visibles pecas. Cuando me percate de esto, no
pude (esta vez yo) de sonreír con malicia y con deseo. Al observarla
detalladamente, imaginaba que era una chica inocente y quizás pura pero mi
madre me había ensañado que ninguna mujer después de la universidad era tal
cosa. “No hay mujer pura ni santa. Todas son el diablo cuando quieren” me
decía. Yo le creía pero al ver a Abril, hacía que los ángeles existieran.
Nos despedimos y nos deseamos buenas noches. Yo
llegué corriendo a mi habitación. No podía soportarlo más.
Me encantaba el olor a la cera derretida fresca.
Después de un baño apresurado, salí con sólo las pantuflas. Sin secarme el pelo
ni ponerme una toalla siquiera, me lancé al centro de la cama, donde era el
único lugar donde podían iluminar las pequeñas velas. La pequeña brisa que
entraba de la minúscula ranura de la ventana era ideal para no apagar las velas
y para sentir pequeños cortes en mi desnudo y empapado cuerpo.
Pensé en Abril. Imaginé a Abril bailando en una
oscuridad llena de luces de neón parpadeantes. Vestida con unos vaqueros
exageradamente ajustados que resaltaban aún más su trasero. Con una camisa de
cuadros color anaranjado y de acompañamiento, con una cola de caballo en su cabellera. La
imaginaba danzando de alguna manera a la par con la música de las estrepitosas
bocinas y yo, siguiéndole la calentura de sus pasos y de sus movimientos
rápidos. Sostenía con mis manos su cintura que poco a poco bajaban más. Nos
acercábamos al punto de tocar nuestros pechos y mirar los brillosos que se
encontraban nuestros cuellos. Sentía su respiración, olía su aliento de alcohol
y de profundidad. Imaginaba mis roces de las yemas de mis dedos desabrochándole
botón a botón de su camisa. Imaginaba el latir de nuestros corazones al dejar
la pista de baile y meternos en el milagroso baño extendido. Nos quitábamos
torpemente las camisas y yo sin cuidado, le empezaba a masajear sus pechos
blancos y perfectamente redondos. Besaba cada parte, cada organismo de piel que
rodeaba y cubría esos pechos pálidos. Y al final, como si un astronauta pudiera
tener un helado de chocolate en la luna, chupaba sus ambos pezones; primero con
mis labios y después con la punta de mi lengua. Apasionado pero tranquilamente.
Imaginaba sus lentos gemidos express. Erectos sus pezones como si fueran
antenas que enviaban señales a mi pene para que se pusiera erecto, este
contestaba la señal. Bajaba rápido al ombligo de Abril para besarlo un poco y
después dirigirme a sus pequeños labios ya mordidos por sus derechos dientes.
La besaba, nuestras lenguas se tocaban y bailaban como nosotros en la pista. De
reojo, la saliva salía como un hilo verde por las luces de los leds. Abril se
agachaba. Yo imaginaba agarrándola de la cola de caballo y dirigiéndola hacia
mi pene. Primero lo acariciaba, desde los testículos hasta la glande, tocando
la punta de mi pene, como si mandara mensajes por un telégrafo. Después con su
pequeña lengua lamería la parte baja de mi pene erecto y lleno de sangre.
Imaginaba las pulsaciones de mi pene, la humedad de su boca y la viscosidad de
su saliva que cubría todo por su lengua roja. Sus uñas y sus manos acariciaban
mi abdomen y después mi trasero. Yo solo miraba abajo y sostenía más fuerte su
cola de caballo; miraría su espalda
descubierta con un poco de lunares debajo de su cuello y miraría de reojo los
danzantes pechos al ritmo de la entrada y salida apasionadamente de su boca a
mi pene. Y después de un rato, de mirar sus lentes algo empañados; alejaría un
poco su rostro con sus pómulos de su cara enrojecidos y apuntaría mi pene, como
un cañón listo para abrir fuego, a sus ojos. Imaginándome eyaculándole en su
rostro, me rompía. No me interesaba llenarle de semen su boca, su cabellera o
sus pechos. Mi semen como proyectil cubriría sus lentes, sus gafas. El deseo de
sentir que Abril viera por el resto de su vida una visión llena de semen, me
excitaba, llegaba al orgasmo.
Las velas habían consumido su mitad de cera. La cama
que ahora solo eran sabanas, estaban cálidas y llenas de sudor y agua. Mi
respiración estaba algo agitada y las comisuras de mi boca se encontraban algo
resecos. Miraba el negro que opacaba la noche a través de mi ventana y la brisa
seguía rosando cada parte de mi cuerpo; mis brazos, mi frente, mis piernas, mis
pechos con sus pezones erectos y mi vagina húmeda por la excitación, por aquel
jugoso orgasmo.
Empezando la preparatoria, siempre quise tener un
pene. Y no, no porque quisiera ser un hombre o por otro complejo, sino por el
simple hecho de tener uno y más por el enfoque de hacer el amor. Todas las mujeres
siempre pensamos alguna vez que sería tener un pene, sin embargo en mi caso, yo
quería sentir como sería tener uno erecto casi listo para soltar el salado
líquido. Había comprado un dildo, y había compartido uno con una amiga al mismo
tiempo, pero ninguna vez sentí nada de excitación o calentura. Era bisexual,
sin embargo, me volvían locas las mujeres. Sentía más compasión y comprendía
mucho mejor sus deseos, y más que nada, al imaginarme penetrando a cualquier
chica con algo de mí mismo cuerpo, como su fuera otro brazo u otra nariz,
siento yo, que es más conexión y placer que siente un hombre que una mujer.
Con Abril, con aquella Abril bailando había sentido
el mejor orgasmo de mi vida. Mis pequeños y flacos dedos no eran lo suficiente
para complacerme a mí misma, o por lo menos nunca al principio. Todo empezaba
con mi cabeza, con mi mente, con mi imaginación. Imaginándome con un pene
“femenino” siendo acariciado y después lamido, era más que suficiente para
llevarme lejos. Con el simple hecho de soltar semen en el rostro de chicas
jóvenes y más que nada, pareciendo puras e inocentes viéndome con anteojos, era lo mejor que yo
pudiera imaginar. Sentía que mi masturbación empezaba primero acariciándome los
pechos, mordiendo mis dedos y mis uñas y después como si en verdad tuviera uno,
empezaba a jalar el prepucio de mi pene imaginario, y después como cualquier chica,
ya llegando al punto, mi dedos se metían a mi vagina húmeda y mojada. Rodeando
por complejo mis labios mayores y menores.
Así era con cualquier chica, así fue con Abril. Mi
imaginación era lo mejor que tenía para imaginarme situaciones para mi deleitante
y placentera masturbación. Hasta hoy en día, la chica literaria Abril la sigo observando,
y mi deseo de violarla algún día y mejor en su graduación, aún con este normal
cuerpo femenino, es fuerte y lascivo. No sé, Abril es una chica especial,
quizás, hasta rara.
Javier Lux -Luz y Caos-
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