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jueves, 18 de septiembre de 2014

Abril bailando.......


ABRIL BAILANDO

Abril era una chica estupenda. La conocí a mediados del caluroso verano al igual que conocí a su fascinante cuerpo. La arena quemaba pero no importaba al ver aquellos cuerpos femeninos sudar. Si hubiera podido, habría contado gota a gota de sudor que se resbalaba por sus cuerpos. Las espaldas se bronceaban y los pechos, a pesar de pequeños, brincaban como una pelota de ping-pong. Excepto las de Abril. Ella era una chica tranquila, únicamente se encontraba sentada en el tapete de playa, bajo la sombra de la sombrilla, cubriéndose constantemente de bloqueador a pesar de que el sol no la tocaba. Y estaba de acuerdo; ni Ra ni Helios ni Amateratsu o cualquier dios solar, tendría que tocar aquel cuerpo blanco, casi pálido, pero ese era parte de su atractivo. Su cabellera larga castaña cubrían los listones que sujetaban su bikini y por ende, a sus considerables pechos, aunque por suerte, aún se lograba mirar su cintura pequeña y muy bien definida; al imaginarme que ahí pudiera estar un tatuaje, de mariposa tal vez, provocaba mis pequeñas excitaciones.

Tuve suerte de encontrarla en la cafetería del Hotel antes de ir a mi habitación. Su formidable trasero era perfecto para sus carnosas y anchas piernas. No dudaba que hiciera ejercicio, pero al ver sus rasgos un poco débiles, creería que nunca hubiera corrido en el parque ni en un gimnasio. Me acerqué a ella y la saludé, Abril me contestó con una sonrisa tan perfecta de mueca a mueca. Mientras nos sentábamos con nuestros respectivos cafés, me imaginé una noche fría pero con una luna menguante brillante, como si esta al igual me saludara con su luz plateada. Al parecer Abril me conocía muy bien, había escuchado de mí por parte de sus amigas. Ella no se limitó de hablar, mi papel en esa noche fue mayormente de oyente. Nunca pensé que hablara bastante, sin embargo, no me aburrió en lo absoluto. Hacía muecas, ademanes, y sonreía cada vez que hacía eso. Lo más encantador de ella era cuando acomodaba sus lentes que se le resbalan por su respingada y pequeña nariz. Cuando me hablaba no podía dejar de mirar sus ojos; aquellos lentes de armazón negro al parecer hacían resaltar sus ojos cafés claros, y sabía porque motivo: No le gustaba que miraran sus apenas visibles pecas. Cuando me percate de esto, no pude (esta vez yo) de sonreír con malicia y con deseo. Al observarla detalladamente, imaginaba que era una chica inocente y quizás pura pero mi madre me había ensañado que ninguna mujer después de la universidad era tal cosa. “No hay mujer pura ni santa. Todas son el diablo cuando quieren” me decía. Yo le creía pero al ver a Abril, hacía que los ángeles existieran.
Nos despedimos y nos deseamos buenas noches. Yo llegué corriendo a mi habitación. No podía soportarlo más.

Me encantaba el olor a la cera derretida fresca. Después de un baño apresurado, salí con sólo las pantuflas. Sin secarme el pelo ni ponerme una toalla siquiera, me lancé al centro de la cama, donde era el único lugar donde podían iluminar las pequeñas velas. La pequeña brisa que entraba de la minúscula ranura de la ventana era ideal para no apagar las velas y para sentir pequeños cortes en mi desnudo y empapado cuerpo.

Pensé en Abril. Imaginé a Abril bailando en una oscuridad llena de luces de neón parpadeantes. Vestida con unos vaqueros exageradamente ajustados que resaltaban aún más su trasero. Con una camisa de cuadros color anaranjado y de acompañamiento, con  una cola de caballo en su cabellera. La imaginaba danzando de alguna manera a la par con la música de las estrepitosas bocinas y yo, siguiéndole la calentura de sus pasos y de sus movimientos rápidos. Sostenía con mis manos su cintura que poco a poco bajaban más. Nos acercábamos al punto de tocar nuestros pechos y mirar los brillosos que se encontraban nuestros cuellos. Sentía su respiración, olía su aliento de alcohol y de profundidad. Imaginaba mis roces de las yemas de mis dedos desabrochándole botón a botón de su camisa. Imaginaba el latir de nuestros corazones al dejar la pista de baile y meternos en el milagroso baño extendido. Nos quitábamos torpemente las camisas y yo sin cuidado, le empezaba a masajear sus pechos blancos y perfectamente redondos. Besaba cada parte, cada organismo de piel que rodeaba y cubría esos pechos pálidos. Y al final, como si un astronauta pudiera tener un helado de chocolate en la luna, chupaba sus ambos pezones; primero con mis labios y después con la punta de mi lengua. Apasionado pero tranquilamente. Imaginaba sus lentos gemidos express. Erectos sus pezones como si fueran antenas que enviaban señales a mi pene para que se pusiera erecto, este contestaba la señal. Bajaba rápido al ombligo de Abril para besarlo un poco y después dirigirme a sus pequeños labios ya mordidos por sus derechos dientes. La besaba, nuestras lenguas se tocaban y bailaban como nosotros en la pista. De reojo, la saliva salía como un hilo verde por las luces de los leds. Abril se agachaba. Yo imaginaba agarrándola de la cola de caballo y dirigiéndola hacia mi pene. Primero lo acariciaba, desde los testículos hasta la glande, tocando la punta de mi pene, como si mandara mensajes por un telégrafo. Después con su pequeña lengua lamería la parte baja de mi pene erecto y lleno de sangre. Imaginaba las pulsaciones de mi pene, la humedad de su boca y la viscosidad de su saliva que cubría todo por su lengua roja. Sus uñas y sus manos acariciaban mi abdomen y después mi trasero. Yo solo miraba abajo y sostenía más fuerte su cola de caballo;  miraría su espalda descubierta con un poco de lunares debajo de su cuello y miraría de reojo los danzantes pechos al ritmo de la entrada y salida apasionadamente de su boca a mi pene. Y después de un rato, de mirar sus lentes algo empañados; alejaría un poco su rostro con sus pómulos de su cara enrojecidos y apuntaría mi pene, como un cañón listo para abrir fuego, a sus ojos. Imaginándome eyaculándole en su rostro, me rompía. No me interesaba llenarle de semen su boca, su cabellera o sus pechos. Mi semen como proyectil cubriría sus lentes, sus gafas. El deseo de sentir que Abril viera por el resto de su vida una visión llena de semen, me excitaba, llegaba al orgasmo.
Las velas habían consumido su mitad de cera. La cama que ahora solo eran sabanas, estaban cálidas y llenas de sudor y agua. Mi respiración estaba algo agitada y las comisuras de mi boca se encontraban algo resecos. Miraba el negro que opacaba la noche a través de mi ventana y la brisa seguía rosando cada parte de mi cuerpo; mis brazos, mi frente, mis piernas, mis pechos con sus pezones erectos y mi vagina húmeda por la excitación, por aquel jugoso orgasmo.
Empezando la preparatoria, siempre quise tener un pene. Y no, no porque quisiera ser un hombre o por otro complejo, sino por el simple hecho de tener uno y más por el enfoque de hacer el amor. Todas las mujeres siempre pensamos alguna vez que sería tener un pene, sin embargo en mi caso, yo quería sentir como sería tener uno erecto casi listo para soltar el salado líquido. Había comprado un dildo, y había compartido uno con una amiga al mismo tiempo, pero ninguna vez sentí nada de excitación o calentura. Era bisexual, sin embargo, me volvían locas las mujeres. Sentía más compasión y comprendía mucho mejor sus deseos, y más que nada, al imaginarme penetrando a cualquier chica con algo de mí mismo cuerpo, como su fuera otro brazo u otra nariz, siento yo, que es más conexión y placer que  siente un hombre que una mujer.

Con Abril, con aquella Abril bailando había sentido el mejor orgasmo de mi vida. Mis pequeños y flacos dedos no eran lo suficiente para complacerme a mí misma, o por lo menos nunca al principio. Todo empezaba con mi cabeza, con mi mente, con mi imaginación. Imaginándome con un pene “femenino” siendo acariciado y después lamido, era más que suficiente para llevarme lejos. Con el simple hecho de soltar semen en el rostro de chicas jóvenes y más que nada, pareciendo puras e inocentes  viéndome con anteojos, era lo mejor que yo pudiera imaginar. Sentía que mi masturbación empezaba primero acariciándome los pechos, mordiendo mis dedos y mis uñas y después como si en verdad tuviera uno, empezaba a jalar el prepucio de mi pene imaginario, y después como cualquier chica, ya llegando al punto, mi dedos se metían a mi vagina húmeda y mojada. Rodeando por complejo mis labios mayores y menores.


Así era con cualquier chica, así fue con Abril. Mi imaginación era lo mejor que tenía para imaginarme situaciones para mi deleitante y placentera masturbación. Hasta hoy en día, la chica literaria Abril la sigo observando, y mi deseo de violarla algún día y mejor en su graduación, aún con este normal cuerpo femenino, es fuerte y lascivo. No sé, Abril es una chica especial, quizás, hasta rara.  

Javier Lux -Luz y Caos-

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